El cigarrillo digital: cómo los algoritmos nos roban la libertad

El sistema judicial estadounidense responsabiliza a Meta y YouTube por crear interfaces adictivas. Un parangón con la industria tabacalera de 1998 muestra cómo el diseño de las plataformas puede controlar nuestra atención y libertad.


El cigarrillo digital: cómo los algoritmos nos roban la libertad

Esto tiene nombre y varios sinónimos: prisión, mazmorra, celda, calabozo, jaula, cárcel: un espacio concebido para limitar la libertad. Así uno podía cerrar el objeto, apagar la luz y procesar lo vivido. Pero esa ligera victoria doméstica se esfumó. Entre los resortes de esta fórmula para generar dopamina, están los filtros de belleza, los contadores de likes y, desde luego, el desplazamiento que nunca acaba. Parece que el sistema de justicia norteamericano empieza a considerar las redes sociales como productos defectuosos y hasta perniciosos para la higiene mental. Nos cambiaron el punto final por un tobogán de aceite. El pulgar oponible, la tenaza natural que nos permitió coger herramientas y aparentemente alejarnos de la barbarie, involucionó hasta volverse el operador de una rueda de la fortuna que no pasea turistas, sino minutos. Deslizamos el dedo hacia abajo con una esperanza necia por encontrar algo que justifique la ansiedad. Los dueños de las plataformas se dieron cuenta de que el cerebro humano detesta las interrupciones, pero ama las promesas incumplidas. Había un alivio natural y esperado con el desenlace. Solo que el algoritmo odia el silencio. En mi infancia, las historias tenían la amabilidad de terminar. Pero el algoritmo entrega siempre una zanahoria extra. Lo que quiere es que no salgamos de ahí. Al borrarnos la frontera del desenlace, nos condenaron a una vigilia sin tregua. Cuando una sociedad no sabe terminar una conversación, se desespera, pierde los estribos y abandona el pensamiento crítico porque la reflexión necesita, por definición, una pausa. Envueltos en un ritmo de agilidad interminable y flujos ininterrumpidos, lujo es ahora un punto y aparte. El infinite scroll hizo del usuario un minero que se excava a sí mismo y no precisamente para sanar heridas primordiales. Es inevitable traer a colación el acuerdo de 1998 que se hizo entre las tabacaleras y 46 estados de Estados Unidos. Cuando llegas a la última página de un libro o ves aparecer la palabra “Fin” en la pantalla, recuperas tu vida y con ella, tu voluntad. Uno que alimentamos todos y que no permite que lo apagues. Quien controla el final de una historia controla la libertad de quien la lee. No le interesa informarnos ni divertirnos. El diseño de estas plataformas obliga a caer siempre hacia abajo, en una caída libre donde cada pixel succiona un gramo de voluntad. En definitiva, la atención es el petróleo de estos tiempos, y como pasa con el crudo, hay derrames de los cuales nadie quiere hacerse responsable. Pues bien, resulta que la semana pasada, la impunidad de Silicon Valley sufrió un revés. Un jurado de una Corte en California emitió un veredicto que tiene el potencial de cambiar la arquitectura de esta era digital. Meta y YouTube fueron señalados de dañar deliberadamente a una joven, identificada como K.G.M., sobre la base de crear un diseño de interfaz, a todas luces, pensado para generar adicción. En su idioma, esto significa “pérdida de ingresos”. Si las empresas persisten en diseñar productos que comprometan la calidad de atención, bastaría usar el criterio restante para tomar acciones definitivas y seleccionar herramientas que no nos obliguen a mirar aunque no queramos. Nuestro derecho al desenlace aún es reclamable: saber alejarse de la rueda de la fortuna, dejar que el pulgar recupere su función natural y hacerse consciente de que la vida, a diferencia de Instagram, tiene la elegancia de tener un límite que puede regresarnos algo de cordura. Esa vez, el costo fue de 206 mil millones de dólares porque se demostró que el cigarrillo no solo era un objeto de consumo, sino una constante entrega de nicotina diseñada para esclavizar al pulmón. Mark Zuckerberg y sus ingenieros nos entregaron un cigarrillo digital.

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