El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aprovechó su discurso del Estado de la Unión para presentar un balance triunfalista de su gestión: habló de "auge" del empleo, repunte de la fabricación nacional y un "nuevo orden" en política exterior, con la mira puesta en revertir un clima de desgaste reflejado en encuestas recientes.
La ceremonia quedó atravesada por una seguidilla de escenas que mezclaron la épica partidaria con el choque frontal entre oficialismo y oposición. La primera sacudida llegó casi al inicio, cuando el representante Al Green (demócrata por Texas) fue escoltado fuera del recinto. Green levantó un cartel con la frase "Black people aren’t apes" ("Los negros no son simios"), una referencia directa a un video difundido días atrás en redes vinculadas al presidente, luego eliminado, que retrataba al expresidente Barack Obama y a la ex primera dama Michelle Obama con una caracterización ofensiva.
Varias congresistas demócratas vistieron de blanco, retomando una estrategia simbólica que en años anteriores evocaba a las sufragistas. En el recinto, legisladores republicanos lo abuchearon y personal de seguridad lo retiró mientras la sesión seguía su curso. Parte del bloque demócrata se mantuvo sentado, el presidente dejó que la tensión "respire" y, con gesto adusto, devolvió el golpe desde el atril con reproches directos.
No fue un episodio aislado: el congresista ya había protagonizado expulsiones previas en eventos similares, y esta vez buscó deliberadamente que su protesta quedara frente a las cámaras. Con el correr de los minutos, el clima se volvió más espeso. En uno de los cruces más ásperos de la noche, la representante demócrata Ilhan Omar increpó al presidente con un grito que impactó en el hemiciclo: "¡Has matado a estadounidenses!". El boicot también fue explícito: decenas de legisladores demócratas directamente no asistieron y optaron por eventos paralelos.
En política exterior, Trump introdujo una frase que descolocó incluso a observadores acostumbrados a giros bruscos: llamó a Venezuela "nuevo amigo y socio" y aseguró que Estados Unidos recibió más de 80 millones de barriles de petróleo del país sudamericano. La afirmación se inscribe en el nuevo escenario abierto tras la captura del entonces presidente Nicolás Maduro en una operación que sacudió la región y derivó en su traslado a Nueva York para enfrentar cargos por narcotráfico.
En una rara tregua emocional, el Capitolio tuvo un instante de aplauso compartido. El equipo masculino de hockey sobre hielo de Estados Unidos, campeón olímpico en los Juegos de Invierno de Milán, recibió una ovación bipartidista al ingresar a la sala. Trump elogió también al seleccionado femenino, aunque no estuviera presente, y por unos minutos la política bajó el volumen para dejar pasar el orgullo deportivo.
Por último, mientras el poder se concentraba en un mismo edificio, volvió a activarse un mecanismo silencioso del protocolo: el "sobreviviente designado". El objetivo, como marca la doctrina de continuidad institucional, es garantizar que siempre exista un eslabón del Ejecutivo disponible ante una catástrofe que golpee simultáneamente a la cúpula del Estado. Así, el Estado de la Unión dejó un saldo doble: Trump buscó instalar un relato de resultados y control, pero el escenario le devolvió una imagen de país dividido, con protestas que no se esconden, gestos que se gritan y una liturgia democrática que, lejos de ordenar, expone cada vez más la pelea por el sentido de Estados Unidos.